Están las canciones que deberían ser eternas.
Los días que pertenecen a la noche.
Las personas que con su perfecta imperfección lastiman.
Las noches mágicas. El olor a sexo, tu sexo; con el mío.
Tu risa. Tu risa y la mía.
Estás vos. Estoy yo, y estamos los dos.
Pero también está el pasado, que insiste en volver y la distancia, que insiste en aparecer.
Las noches de melancolía, las tardes de nostalgia.
El abrazo que mi papá nunca me dio y el momento del que mi mamá nunca me habló.
La llamada que, afortunadamente, nunca llegó.
La canción de mi niñez, la de mi adolescencia y la del gran amor.
La canción del amor.
La canción del sexo.
La canción para hacer el amor.
Los clásicos e irreemplazables almuerzos con la familia (que a veces no debería existir).
Los brindis, entre amigos o en familia.
Los brindis por la noche, por la tarde, por la comida, por él, por ella, por nosotros, por todos, por los vivos, por los muertos (y los que deberían estarlo), por la música, por la suerte, por la mala suerte, por la vida y las pocas o muchas ganas de vivirla.
Están las otras mitades y entre ellas, todas las mías.
También esta Dios. El tuyo, el mío y el que no existe.
Está lo eterno que dura un día, una semana, un mes, años.
Las miradas que te abrazan, que te besan o simplemente observan.
Está la esperanza y las lágrimas derramadas por ella.
Está la desgracia y la fiesta del vecino.
Está el recuerdo y olvido que se olvida de olvidar.
Están los vestigios de una hoguera y el eco de un trueno cualquiera.
Está tu dolor y el mío.
Está lo efímero que perdura en el recuerdo. y está el placer de haberte conocido.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
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anónimo
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