Era de noche
y algo o alguien me seguía. Yo trataba de escapar. Tus mensajes no dejaban de
llegar. De repente me encontré en tu edificio pero no era el. Ese algo o
alguien me iba pisando los talones, lo único que sabía era que tenía que huir.
Tu puerta estaba abierta, el departamento era muy claro y espacioso pero tenía
muchas sombras. La puerta de tu habitación estaba cerrada, por algún motivo
sabía que no tenía que entrar pero lo hice. Había muchas camas, todas
desordenadas. No estabas solo. Su cara era de enojo. La tuya de tristeza. Pedí
perdón y salí. Pero empezó a llegar mucha gente y me arrastraron a la enorme
mesa en el centro del departamento que al principio no estaba. Había llegado tu
mamá y algunos vecinos míos. En el ambiente se sentía una felicidad medio
forzada. Me sentaron en la punta y vos estabas a mi izquierda “justo llega la
gente cuando uno quiere estar solo” te dije, me apretaste la rodilla. La cara de
enojo rodeaba tu cuello con una ternura que yo no entendía. Y tu tristeza se
dilataba cada vez más así como los desconocidos empezaban a aturdir. Me paré y
salí, nadie pareció notarlo solo unas criaturas que jugaban en la puerta y me
agarraban las manos para que me quedara. El ascensor tampoco era el mismo. Subí
a la terraza, que tampoco era la misma. Era enorme y estaba muy oscura. Me
quedé mirando al horizonte porque si miraba para otro lado no te iba a escuchar
llegar. Desde ahí arriba se sentía a toda esa multitud perdida en tu
departamento y tu imagen llena de tristeza no se me iba de la cabeza, nunca te
había visto así. Sentí un ruido. Me di la vuelta. No eras vos, era un completo
extraño. Una sensación de alivio me invadió.
martes, 28 de julio de 2015
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