Me sorprendo una vez más. El azulejo se convirtió en recuerdo, en ese hombre de sueños, realidad y casualidad. En vilo me mantiene desde el instante que camino a encontrarlo, esperando su partida, definitiva. Porque su baile podría dirigirlo a cualquier lugar. Y yo sólo soy una débil posibilidad entre sus parpados cansados. Pero serlo lo pone en mis azulejos.
Azul, como su cortina, la de ella, su cortina. Su historia, su capricho. Su caramelo, su corazón.
Nadar tan profundo me puede ahogar, pero el vértigo es inevitable. Y las criaturas maravillosas, sus danzas encantadoras, como las de él. Engañosas, como sus palabras, como sus versos, que elocuentes cumplían con su prometido. Y que bien lo hacían! Que bien lo hace. Que bien lo baila, que bien lo canta, que alto vuela. Algunas noches lo veo rondando por alguna estrella, con su cortina azul en la espalda. Y que lindo verlo así. Tan cerca, a la distancia, de esa eternidad que se esfuma en el instante que logro distinguir sus pasos efímeros.
viernes, 17 de octubre de 2014
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