Su trabajo empezaba a las ocho, igual que su tortura diaria. Era la única mujer, y víctima de él, que por ser cuñado del dueño se creía más que los demás, y pensaba que tenía la libertad de abusar de ella como quisiera.
Las amenazas eran constantes, y la mala voluntad de los clientes no la ayudaban.
Ese trabajo era toda su vida, ese trabajo era un infierno. Trabajaba doce horas diarias cubriendo a los demás empleados, haciendo favores que ni ella quería hacer, y por eso no cobraba ni la mitad de lo que cobraba el resto.
La pensión donde vivía era de mala muerte; donde nadie podía saber nada de nadie y menos ella que era un fantasma, y si alguna vez se le iba la mirada a otro inquilino la mañana siguiente no despertaba. Muchas veces lo pensó, pero ella creía que si todo esto le había tocado por alguna razón, lo tenía que vivir.
Si hablaban de familia ella no opinaba, se había criado en un orfanato, se ganaba la vida desde los 18 años; nunca fue fácil pero nunca fue tan difícil tampoco, como era en ese entonces.
Su belleza era asombrosa, digna de admiración pero al no verla ella misma, no la podía ver nadie más.
Ese día había comenzado como cualquier otro; su café, el camino al trabajo, la misma gente, lo mismo de siempre excepto él.
Se sentía tan bien por haber llegado cinco minutos tarde. Si no hubiese sido por eso no se hubiesen visto en la puerta del local, fue un sueño. Se miraron y lo supieron de inmediato, pero ninguno dijo nada.
El flechazo fue tan intenso que hasta él se dio cuenta; era demasiado bueno para ser cierto.
Las doce horas de trabajo habían pasado, y para su sorpresa él la estaba esperando. La acompañó a casa sin decir un palabra, y así fue durante tres meses. Todas las noches compartían ese don que era el silencio.
Se la veía demasiado feliz, él empezó a sospechar.
Una noche decidió seguirlos, al llegar a la casa de ella, él estaba hecho un demonio. Se bajó del auto les dio lo que el pensó, era su merecido. Y como le era costumbre abusó de ella...
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