lunes, 18 de mayo de 2015

La carta que nunca envié - Parte III

Debo confesar también que escribir esta carta me llevó muchos recuerdos, lágrimas, canciones y sonrisas. Que sacarlo me ayudó a entender.
Que entiendo cómo te sentiste, cómo te hice sentir. Entendí por fin que nosotros ya estábamos rotos antes de conocernos, mucho antes de amarnos, mucho antes de dolernos; pero a pesar de todo te doy la libertad de culparme de todas las grietas que hoy llevas. Porque entiendo que ahora tengas miedo… Pero el tiempo no va para atrás, va para adelante y las personas cambian.
Entiendo que no me quieras como yo a vos. Lo acepto, me resigno en realidad, porque quizás no estábamos listos, ni vos para mí, ni yo para vos; a pesar de esa compatibilidad que asustaba.
“Los espíritus singulares no soportan tanto amor, tanta perfección encontrada por casualidad” y tu espíritu fue el más singular que conocí.

Por fin entendí que debía dejar de preguntarme todo sobre todo, que la mejor respuesta era poner sólo lo mejor de mí, para todo. Que mi cabeza puede ser mi peor enemiga, como lo fue cuando estaba con vos, pero también mi salvadora, como lo es ahora; eso sólo depende de mí. 
Entendí que sólo somos dos seres humanos que no supieron lidiar con el amor, pero que es muy probable que la próxima vez, cuando estemos muy lejos el uno del otro, podamos enamorarnos bien. Y no de nosotros, porque ya no somos, sino de otros completos extraños.
Entendí que quien le había dado sentido a mi historia ya no sabía qué escribir, y que era (es) momento de dar vuelta la página.
Entonces lloré mis últimas lagrimas por vos, y por mí, y porque el último cigarrillo en tu honor se había apagado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

anónimo

No calaste hondo como otros. No conozco ni tu cara. Alguna vez habrás volado cerca de mi ventana?  Habrás amanecido conmigo y no me enteré? ...